Cuando el eterno debate privada vs. pública asoma siempre se plantea de la misma manera y
vengo aquí para ofrecer otro punto de vista. El de privada te dirá que en la
pública no se recibe una tan excelente y refinada educación (veáse idiomas,
charlas, viajes, prácticas, oportunidades, etc). El de pública te dirá firme y
rotundamente: "Ya, pero tú pagas para que te aprueben. Pinta y
colorea". Yo misma, que vengo de colegio público y universidad privada y
que, por ello, he podido observar desde bien cerca ambos ambientes por lo que
puedo hacer lo que más me gusta: hablar sabiendo de lo que hablo; también lo
miraba desde esa perspectiva, es decir, desde lo que la institución como tal
puede ofrecerte. En tal caso diré que ninguno de los dos está totalmente
equivocado y que, a la vez, lo están ambos. A veces me inclinaba por las
oportunidades que una institución privada te ofrece. Otras, sin embargo, por la
diversidad y el trato distante, que en muchas ocasiones se agradece, de una
pública. Incluso unos meses atrás el dilema para mí parecía haber concluido: si
deseas formar a tu hijo en conocimientos, escoge privada. Si deseas formar en
valores (a mi gusto, más importante), escoge pública. Llegué aún más lejos y
propuse: de hecho, lo mejor es que colegio e instituto sean públicos y
universidad o máster sean privados. Así, tan decidida me lancé sin percatarme
ni lo mas mínimo de lo que hoy, por fin he descubierto. Estaba yo haciendo cola
en una papelería de la calle Concha Espina cuando una niña con su perfecto
uniforme de preescolar se acerca a su madre y comienza: "Mama, porfa,
necesito lápices", hasta ahí todo perfecto. Continua: "Mama, una
agenda color rosa también". "Oye mama, mama, mama, mama, mama".
Exacto, hasta cinco caprichitos más. La pequeñaja de seis años necesitaba más
material que yo estando en segundo de carrera que mendigo libros de segunda
mano y me arrastro por las bibliotecas para conseguir los otros tanto que no
compro, todo para que no suponga un extra más para mis padres. Yo aguantando la
risa y el llanto y la monstruita aún tenía fuerzas para un último (y no menos
innecesario): "Mama en cuentas necesitamos esta fundita para guardar las
tarjetas que recortamos". Aquí mismo está el kit de la cuestión. Todos,
absolutamente todos, de pequeños hemos tenido ese afán por tener cosas guays,
afan que, rápidamente o de un guantazo nuestros padres nos quitaban. Sin
embargo, en la sociedad de lo cool no estará, por razones que desconozco, bien
visto denegarle esas chorradas a tu hija que acabarán en el cubo de basura que
limpiará Trini (tu chacha). ¿Dónde voy con todo esto?. No forman las
instituciones, forman las familias. Dejemos de criticar al que venga de privada
o de pública cuando el principal problema de los "hijos de papa" es que,
precisamente, se hacen padres algún día. Por eso
he podido encontrar gente maravillosa en mi Universidad y otras que son más
bien monstruitos. No malcria el colegio, malcrian los padres que no saben decir
que no nunca. Y como estos niños jamás han tenido un no por respuesta, tampoco
entienden de autoridad. Pero es que ni ellos, ni sus padres, ni sus abuelos,
etc. Así es como de la rama generación nini, surge la generación audi que son
aquellos que a los 18 años y 1 día ya tienen en sus garajes el mejor de los
coches fruto de ¿su esfuerzo? ¿su trabajo? ¿su dedicación?. Obvio no. Fruto de
la cuenta bancaria de los papis que en su día fueron hijos de papa. Por lo que
aquí se acaba el tema. No es que una persona venga de pública o privada sino la
educación que haya recibido de sus padres. Educación que en vez de basarse en el
esfuerzo se basa en el "todo hecho" y ahí está el problema. Lo que
ocurre es que todos ellos parecen haberse puesto de acuerdo en pagar, además,
el cole de sus peques.
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